LA crisis económica y social que sufre España no está motivada ni por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria ni por la crisis financiera internacional. Estos han sido simplemente factores agravantes de la situación, pero la verdadera causa es la falta de competitividad de la economía española. Los extranjeros producen bienes y prestan servicios mejores y más baratos. Hemos despilfarrado 25 años de crecimiento económico sostenido, toda una generación, y no tenemos un modelo de crecimiento alternativo al turismo y la construcción. Si no se hace nada, esta crisis durará lustros, y gran parte de la población se verá abocada a la marginación o al suicidio.
Ante esta situación, ¿qué se puede hacer? Pues no queda más remedio que acometer reformas que cambien el país de arriba a abajo, y que tardarán otra generación en dar resultados, pero es la única forma de sobrevivir como país.
En primer lugar, España necesita una regeneración ética y moral. Necesitamos revisar y cambiar los valores imperantes en la sociedad en este comienzo de siglo. La cultura del pelotazo, del enriquecimiento rápido, del engaño y la corrupción están firmemente asentadas en la sociedad. Está bien visto ganar dinero con “una operación”, y no con una vida de trabajo y esfuerzo. Políticos y no políticos roban y engañan cuando pueden. Quien no cobra comisiones es tonto y el estafador goza de reconocimiento social. ¿Cómo hemos llegado a esto?
En el supermercado de mi barrio, cuando compro carne picada me la cobran por lo que pesa antes de picarla, después de pasar por la máquina pesa 30 gramos menos, pero cuando reclamo la chica me dice que siempre se hace así. Estafar es lo normal. Todo esto está ya en nuestro mapa genético, pero se hace necesario no trasladar esos genes perniciosos a nuestros hijos. Necesitamos un regeneracionismo como el que tuvo lugar a finales del siglo XIX. Hay que buscar a gente como Joaquín Costa, Ramiro de Maeztu, Giner de los Ríos, volver a la Institución Libre de Enseñanza. Hay que decir bien alto que la honestidad, la diligencia, el trabajo bien hecho, el talento, la solidaridad, son moralmente encomiables.
En segundo lugar es necesario reformar la justicia. En una economía de mercado el respeto a la propiedad privada es la base del sistema. A una empresa no le sirve de nada que un magistrado le dé la razón 10 años después de haber puesto la demanda. O ya no existe la empresa, o ya no existe el problema. En estos momentos no hay una tutela judicial efectiva, como manda el artículo 24 de nuestra Constitución. Los empresarios tan sólo necesitan que existan unas reglas de juego claras y transparentes, y que funcione la Justicia. De lo demás se encargan ellos. Pero tenemos una justicia del siglo XIX. Es incomprensible que en las dependencias judiciales se acumulen legajos y legajos hasta llegar al techo. Los jueces, con una dramática falta de medios, no pueden hacer su trabajo. Tienen una media de 3 sentencias por día, así es imposible impartir justicia. Pero lo peor es que la justicia está acosada por el poder político y eso vicia el sistema desde su origen.
Tenemos una democracia de partidos, pero éstos tampoco son democráticos. El Parlamento ha quedado reducido a la mínima expresión. ¿Por qué no se instaura ya un sistema de listas abiertas? Los diputados deberían responder ante sus electores, ahora se limitan a votar lo que les indica su jefe de filas. Por otra parte, cuando un banco le condona la deuda a un partido político, supongo que será a cambio de algo. ¿No es esto financiación ilegal? Todo esto provoca un descreimiento generalizado en el sistema. En las instituciones hay que colocar a los más honrados, y luego vigilarlos como si fueran ladrones.
En tercer lugar hay que reformar el sistema educativo. Actualmente para el desarrollo económico de un país es fundamental disponer de capital humano cualificado. Lo demás se puede adquirir en el mercado internacional: materias primas, créditos, servicios, etc… Pero la materia gris o se tiene o hay que importarla, como hace Estados Unidos. Y no parece que haya muchos científicos dispuestos a hacer carrera en España. Más bien al contrario, los mejores se van.
Tenemos un sistema educativo cada vez más laxo, que se reforma cada legislatura, y que es el principal factor negativo para una baja productividad. Los chicos llegan a la Universidad sin haber leído a Mortadelo y Filemón. No es casualidad que sólo haya una Universidad española entre las 200 mejores del mundo. Ya no disponemos de la política monetaria ni de la política cambiaria para ajustar la economía. Cautivos y desarmados, tenemos que utilizar lo poco que nos queda. La LOGSE es un instrumento de política económica de primer orden, mucho más que la política fiscal. Y en vez de buscar la excelencia, lo que tenemos son unos profesores desmoralizados y unos alumnos absentistas, cuyo futuro sería poner ladrillos o poner copas en algún chiringuito de playa.
Pero ese modelo ya se acabó.