SE HA PUESTO de moda en los “think tank” más prestigiosos del mundo un documento elaborado por el Ministerio de Defensa británico, bajo la dirección del contralmirante C. J. Parry, titulado, más o menos, “Tendencias estratégicas globales para el periodo 2007-2036″. El informe intenta predecir lo que va a ocurrir en el mundo en los próximos treinta años.
Normalmente no reparo en estos documentos proféticos ya que suelen buscar propaganda mediática o académica y poco más. Recordemos cuán mundialmente famoso se hizo el profesor Francis Fukuyama en 1989 con su artículo “¿El fin de la Historia?”. En dicho artículo argumentaba que, con la caída del muro de Berlín, se acababa la Historia (ideológica) de la Humanidad. Pues veinte años después ya vemos que la Historia continúa su apasionante devenir, la “vida sigue igual” y Fukuyama no ha vuelto a decir esta boca es mía.
No obstante, repasaré las profecías que me parecen menos descabelladas. El documento del contralmirante se centra en tres aspectos: cambio climático, globalización y desigualdad social. Me centraré en los dos últimos conceptos, en aquellos aspectos que más puedan afectar a Canarias, porque del cambio climático ya se ocupa Al Gore.
La globalización y la desigualdad social van indisolublemente unidas y ambas se retroalimentan. El estudio sugiere que asistiremos a una creciente desigualdad en cuanto a bienestar material y oportunidades, y la brecha entre ricos y pobres se irá acrecentando. Y esto en dos dimensiones: primero, entre los países ricos y los países pobres, o, como eufemísticamente se decía antes “países en vías de desarrollo”. Pues bien, para muchos países la vía es una vía muerta y no parece probable que alcancen un nivel aceptable de desarrollo. Esto es especialmente preocupante para Canarias porque un buen número de estos países se encuentran en el África Subsahariana. El segundo vector está dentro de los propios países desarrollados; se irán ampliando las diferencias sociales y aumentando el número de personas que vivan bajo el umbral de la pobreza. Esto atenta contra las bases del sistema democrático.
Efectivamente, la democracia moderna es un pacto: el pueblo elige a unos representantes y éstos administran la convivencia y la Hacienda de todos. En definitiva, tiene que haber una mínima redistribución de la riqueza y una convivencia no demasiado convulsa para que el sistema funcione, si no el pacto se rompe.
Aquellos que no vean cumplidas sus expectativas albergarán un sentimiento de injusticia y descreimiento del sistema. Todo esto es el caldo de cultivo perfecto para ideologías populistas, anticapitalistas, racistas o nihilistas. En definitiva, un contexto ideal para el integrismo religioso o étnico, la delincuencia y el terrorismo.
Por otra parte, la actual clase media occidental tomará el relevo, en terminología marxista, del proletariado. Los trabajadores por cuenta ajena, aunque sean trabajadores de “cuello blanco”, serán el nuevo lumpemproletariado. Así, sus ingresos sólo darán para cubrir sus necesidades de comida, vestido y vivienda, con nula capacidad de ahorro e inversión. Ello es una amenaza para el funcionamiento de las democracias modernas.
Otro de los aspectos es la competencia que se producirá por los recursos, fundamentalmente agua, energía y alimentos. En cuanto a la demanda de energía, ya nadie duda de las dificultades para mantener el ritmo de consumo actual. Con todo, no es lo más preocupante, quién sabe si en treinta años se habrá inventado alguna alternativa viable a los recursos fósiles. Aunque hay consenso generalizado en que la época de la energía barata ya pasó. La predicción es que proliferarán los acuerdos bilaterales, en materia de energía, entre países consumidores y países productores, al estilo de lo que está haciendo China actualmente. Por tanto, los países con menos capacidad de negociación quedarán prácticamente excluidos. A partir de ahora será difícil llegar a acuerdos multilaterales, porque tendremos nuevos actores a nivel mundial: China, India, Brasil, Irán y Rusia.
Más preocupante es la disponibilidad de agua y alimentos. Relacionado con el cambio climático, se prevé que dos tercios de la población mundial vivan en zonas con insuficiente abastecimiento de agua, fundamentalmente el norte de África, Oriente Medio y Asia Central. Esto, unido a la disminución de la superficie cultivable para alimentos y al aumento de la demanda, llevará a migraciones masivas hacia las ciudades. Se calcula que en 2035 el 60% de la población mundial será urbana. Muchas ciudades del primer mundo se verán incapaces de absorber estas oleadas de inmigrantes en cuanto a vivienda y servicios públicos y se “caraquizarán”, con los consiguientes problemas de convivencia y delincuencia. Estos asentamientos serán auténticas ciudades paralelas, gobernadas por el crimen organizado y donde no llegarán las instituciones ni el Estado de derecho.
Por otra parte, estos nuevos habitantes se ubicarán, en condiciones precarias, en las zonas menos seguras de las ciudades. Y por tanto serán las primeras víctimas de las catástrofes naturales, que se prevén sean cada vez más frecuentes: inundaciones, terremotos, “tsunamis”, etc.
Relacionado con lo anterior, los nuevos inmigrantes mantendrán, gracias a las nuevas tecnologías, sus vínculos casi intactos con sus países de origen. Esto dificultará la integración cultural en los países de acogida, creando “bolsas de nacionalidades”, que incluso intentarán tener sus propios sistemas de convivencia.
Lo que está totalmente demostrado es que la globalización va a más. Acabamos de ver con la crisis de las hipotecas que si un granjero no paga su hipoteca en Kansas, le deniegan la suya a un administrativo en Güímar.
Por último, me agrada comprobar que el Ministerio de Defensa británico comparte la profecía que ya lanzara D. Camilo José Cela q.e.p.d. en la década de los 80, a la cual me sumo, y es la siguiente: dentro de X años (ponga el lector la cifra que quiera) sólo quedarán cuatro idiomas en el mundo: español, inglés, chino y árabe. Por tanto, la pregunta es: ¿quién le devuelve a los niños catalanes, vascos y gallegos las horas dilapidadas en el estudio de idiomas perecederos?
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